Título: Solo: Mundo Caníbal

Guionista: Óscar Martín

Dibujante: Óscar Martín

Entintador: Tony Fernández

Editorial: Edicions de Ponent

Colección: SolySombra

Géneros: Acción / Ciencia-Ficción

Fecha de publicación: 2007

Quizás sea cierto que en el pasado los prados sostenían preciosas olas verdes mecidas por cálidas brisas, y que las nubes contrastaban perfectas sobre un azul limpio, puro. Que habían seres místicos llamados árboles, bosques, y que el suelo se recubría de colores de embriagador perfume. Pero todo eso, si alguna vez existió, sólo es historia.

El desarrollo tecnológico de la humanidad y sus implicaciones siguen generando controversia. La Modernidad, el periodo histórico que nos ha tocado vivir, es un hijo o un discípulo aventajado de la Ilustración. Si por algo se caracterizada esta corriente ideológica, es por su fe ciega en el progreso ilimitado de la humanidad, con las luces de la razón en su vanguardia iluminando el camino. Dicho entusiasmo no dejó de acrecentarse con el transcurso del tiempo, especialmente a partir del siglo XIX. Sin lugar a dudas, fue un momento clave, el del pistoletazo de salida para una etapa de desarrollo tecnológico sin parangón en la historia de nuestra especie. Como no podía ser de otro modo, fue acompañado de una rica producción intelectual que debía su razón de ser a esta lógica, ya sea de índole política -producciones de corte liberal y socialista, por ejemplo-, científica -continuismo geológico, la teoría de la evolución, etc.- o de cualquier otra. En el plano de las obras de ficción, basta con tomar como muestra las obras de Julio Verne, uno de los autores más conocidos por el gran público, para darse cuenta de hasta qué extremo llegaba el júbilo por el “triunfo” tecnológico de Occidente –De la Tierra a la Luna (1865) es bastante ilustrativo en ese sentido-. La idea imperante, que ha alcanzado proporciones de auténtico dogma, consiste en la presunción de que el desarrollo tecnológico conduce por sí solo al progreso moral de la sociedad y sus habitantes.

Solo enfrentamiento

No obstante, el ser humano desde muy pronto ha dejado volar la imaginación evocando posibles efectos no deseados del progreso. Es muy frecuente ver a la propia creación humana rebelarse contra sus creadores directos o indirectos, como se aprecia en novelas tan alejadas entre sí como Frankestein o El moderno Prometeo  (1818) y 2001: una Odisea en el Espacio (1968). Dichos artificios incluso pueden llegar a crear un verdadero régimen de terror a base de la explotación o el exterminio de la misma especie que les había creado, como pudimos ver en sagas como las de Terminator (1984) y Matrix (1999). No siempre es necesario recurrir un sistema de base cibernética a la hora de describir un futuro opresivo, sino simplemente imaginar sociedades que llevan a su paroxismo las características más negativas de la realidad, mediante la acentuación de sus antagonismos y contradicciones sociales presentados a distintos niveles, y justificando o retractando el sistema vigente según la ideología del autor. Este hecho se aprecia en novelas como Un mundo feliz (1932) o El talón de hierro (1908), así como en la película alemana Metrópolis (1927), por poner unos pocos ejemplos. A ese tipo de futuro especialmente desagradable se le conoce como distópico. Pero la propia realidad habla por sí sola. El auge de la industria militar ha provocado guerras terribles, como la Primera y la Segunda Guerra mundial, y ha dado lugar a un nuevo paradigma de conflicto armado, mucho más destructivo e indiscriminado -atrás ha quedado el viejo Código de Caballería occidental o el Bushido japonés-, incluso bajo la sombra de la aniquilación total de la civilización tal y como la conocemos, como consecuencia de una guerra nuclear. Por otra parte, el crecimiento demográfico y el consumo desenfrenado de nuestra sociedad homónima está generando una degradación medioambiental insostenible a largo plazo, cuyos efectos apenas empezamos a atisbar. Sin duda estos hechos han depositado un poso de miedo en el inconsciente colectivo, y ha dado lugar a la creación de historias ambientadas en futuros postapocalípticos, siendo el El Planeta de los Simios (1968) una de las más conocidas. Dicho colapso sistémico incluso ha permeado en películas infantiles, como en Wall-E (2008) de Disney.

El planeta de los Simios constituye un ejemplo de futuro postapocalíptico que refleja algunos de los rasgos más negativos de nuestra civilización.
El planeta de los Simios constituye un ejemplo de futuro postapocalíptico que refleja algunos de los rasgos más negativos de nuestra civilización.

Es en este contexto donde el planteamiento de Solo: Mundo Caníbal (2007) adquiere toda su razón de ser. Dicha obra, un cómic salido de la mente de el lápiz de Óscar Martín, toma algunos de los citados elementos y constituye una recreación del peor de los mundos posibles, un universo postapocalíptico surgido tras una terrible guerra nuclear que ha puesto en jaque al conjunto de la vida en la Tierra. En semejantes términos, es que el concepto de distopía alcanza su paroxismo. Como veremos, para mostrarnos esta realidad de pesadilla, no reparará en recurrir a una curiosa confluencia de elementos narrativos y artísticos que le otorgarán una marcada personalidad que no dejará a nadie indiferente.

El mundo de Solo sigue el paradigma evolucionista por selección natural, también denominado darwinismo, si bien sigue su enfoque más simplista y recalcitrante, reduciendo todo a la mera lucha por la existencia, en un permanente “todos contra todos”, en comer o ser comido. Todos los demás mecanismos de la naturaleza son olvidados o reducidos a un segundo plano. Su telón de fondo es un entorno extremo sin apenas recursos. Debido a una la extinción de la vida vegetal a causa de la degradación ambiental y el holocausto nuclear antes mencionado, únicamente las carnívoras u omnívoras han sido capaces de sobrevivir. Si bien algunas optaron por desarrollar enormemente su tamaño y armas naturales, muchas se han visto obligadas a adquirir una inteligencia que se acerca a la del hombre -a pesar de que conserven muchos de sus rasgos conductuales primigenios-  quizás para sacar el máximo partido de su entorno y desarrollar sociedades lo bastante cohesionadas y coordinadas como para preservar su futuro como especie. A este grupo es al que el autor denomina como Pensantes, que se contraponen a los Cachocarne -las descomunales y mortíferas bestias citadas en primer lugar- y a los Bichos. Pero un cambio tan radical hubiera sido materialmente imposible sin la “ayuda” de la radiactividad. Este elemento, tan recurrente en los cómics de mutantes y superhéroes, no falta en un planeta contaminado hasta los cimientos por décadas de vertidos tóxicos y una devastadora guerra nuclear.

Algunas especies no necesitaron desarrollar su inteligencia; les bastó con desarrollar su tamaño, musculatura y armas naturales para imponerse en el medio hostil.
Algunas especies no necesitaron desarrollar su inteligencia; les bastó con desarrollar su tamaño, musculatura y armas naturales para imponerse en el medio hostil.
Es a la categoría de los Pensantes a la que pertenecen las ratas mutantes, la especie de nuestro protagonista Solo, que muy pronto tendrá un contencioso con el ser (in)humano que marcará el argumento del conjunto de la historia y el destino de nuestro héroe. En efecto, la humanidad no sólo sigue existiendo a pesar de todo, sino que continúa siendo la especie dominante. Tras un periodo de retracción en colonias cerradas al mundo, encargando a especies “inferiores” como los Monines (simios bípedos adscritos a la categoría de los Pensantes) el trabajo sucio de las cacerías, han comenzado a reforzar sus tentativas de proseguir con la explotación del resto de especies. Desafortunadamente para el protagonista de la historia, será su propia especie, las ratas mutantes, la elegida para su crianza masiva con fines alimentarios debido a su acelerado ritmo reproductivo y su reducido tamaño. Este hecho motivará el rapto de la familia de Solo, y el principio de éste periplo en pos de su rescate marcará el inicio de su aventura.

SoloLlegados a este punto, es cuando debemos describir la forma en la que Óscar Martín nos presenta su mundo y el ritmo que insufla a su narración. En primer lugar, una de sus características fundamentales es la acción y la violencia explícita y descarnada, que actúa como espina dorsal de la historia. Marca los tiempos, construye los acontecimientos que se van encadenando a lo largo de la misma y nos dibuja poco a poco el mapa de su ecosistema y las relaciones entre especies que en él habitan.Cabe la posibilidad de que este elemento sea disuasorio para los lectores que no estén interesados en este tipo de cómics tan violentos y busquen una trama más compleja, pero lo cierto es que es la viva expresión de la coherencia narrativa. La dinámica de la historia sumerge de lleno al lector en la lógica imperante en semejante lugar, donde la lucha sin cuartel por la supervivencia no sólo está a la orden del día, sino que es literalmente imposible dar un paso sin encontrar a hordas sedientas de sangre buscando un aperitivo. Inmersos en semejante mentalidad, se hace evidente que la única forma de conocer tu entorno es a base de machete y pistola, garras y dientes. El panorama se completa con la presencia de escenas sexuales y desnudos -cabe mencionar que el autor fue uno de los colaboradores de la Zona X de la revista El Jueves-, así como el amplio uso del lenguaje “malsonante”y “soez” que, siguiendo los estándares de la política de clasificación por edades, lo catalogaría como no apto para todos los públicos.

Las expresiones vulgares y malsonantes serán, junto con la violencia, la gran constante de la obra.

Ahora bien, a la hora de materializar este planteamiento es donde el grafismo adquiere una importancia capital. Y es en ese preciso detalle donde el autor hace gala de su particular estilo aprovechando su trayectoria como dibujante. De una historia así, cabría esperar encontrarnos un grafismo donde el realismo extremo, rebosante de crudeza y oscuridad, se erigieran como los principales abanderados de dicho apartado. Óscar Martín, por el contrario, nos ofrece un estilo artístico deudor de la escuela Disney, y fruto de su pasada elaboración de cómics protagonizados por personajes de la compañía de animación estadounidense, y sobre todo, de los famosos Tom & Jerry de la Warner. Lo más probable es que a algunos de los amantes del cómic y la animación más veteranos no podamos evitar sentir nostalgia al ver a Puerkos similares al personaje Pumba de El Rey León (1994)o personajes pertenecientes a la especie de los gatos que nos recuerden a Pete, el archienemigo de Mickey Mouse.

El principal logro del autor radica en conseguir, a pesar de todo, presentarnos una estética adulta en toda su crudeza, con sangre por doquier y marcas de podredumbre y decadencia que hará este universo perfectamente tangible, coherente y verosímil. Asimismo, su estilo caricaturesco abre las espitas a un humor negro, ácido y socarrón, que hace acto de presencia en la historia de forma dosificada y constante. La ausencia de color en sus páginas, la viveza y nitidez de los los trazos, el extraordinario dinamismo y vivacidad en la composición y el discurso narrativo, que adapta la estructura distributiva de las viñetas a la propia escena, apareciendo en la página como un todo orgánico, bebe directamente del manga japonés. Esta confluencia de rasgos occidentales y orientales configuran su marcada personalidad a la obra y cumple a la perfección su labor como soporte de tan frenética, dinámica y directa acción en la que toma cuerpo su historia.

El dinamismo de la acción, su carácter sangriento y el sentido cómico de dibujos y onomatopeyas (reemplazadas por expresiones coloquiales) son algunos de sus rasgos más llamativos.
El dinamismo de la acción, su carácter sangriento y el sentido cómico de dibujos y onomatopeyas (reemplazadas por expresiones coloquiales) son algunos de sus rasgos más llamativos.

Todo lo expuesto hasta ahora puede llevar a la conclusión de que nos encontramos ante un cómic de carácter simplón y superfluo, de grafismo zafio e infantil a partes iguales, y plagado de violencia gratuita y sexo, todo totalmente carente de trasfondo. Es evidente que las exigencias narrativas, supeditadas a la perspectiva del protagonista, provoca algunas carencias significativas en la profundidad de la trama y en la caracterización global de ciertos elementos clave de ese mundo. Pero a pesar de esas limitaciones, es más profundo de lo que indican las apariencias. Ante todo, la temática subyacente de este cómic no es otra que la del darwinismo social más draconiano y atroz. En este hecho caben dos interpretaciones contrapuestas. La primera de ellas mostraría un cariz conservador, y hasta reaccionario, que nos recuerda mucho a las tesis de Thomas Hobbes sobre el comportamiento de una humanidad no sujeta a ningún tipo de ley. Si “el hombre es un lobo para el hombre”, como afirmaba el famoso ideólogo inglés, esta obra sería su expresión más literal, teniendo su correlato en las permanentes luchas de todos contra todos a las que asistimos desde el principio hasta el final de la misma. No obstante, también es posible analizarlo desde otro prisma, el de la crítica directa y satírica de la actualidad. Al tratarse de un futuro distópico y apocalíptico, el peor mundos posibles, no sería de extrañar que el autor nos presentara una perspectiva del actual estado de cosas exacerbando sus rasgos más negativos: la delincuencia, la marginalidad, el fanatismo religioso, el egoísmo y la competitividad a ultranza, para lo cual utiliza como escenario una recreación de los catastróficos resultados del lado más oscuro del “progreso”.

El desarrollo del argumento no permite ni tan siquiera vislumbrar un atisbo de transcendencia de un destino previamente marcado, y ni tan siquiera un leve rayo de esperanza, sino la descarnada materialidad de la vida que les ha tocado vivir. El autor a menudo nos muestra la tormentosa interacción entre Solo y su entorno, revelándonos de cuando en cuando su mundo interior, que se debate constantemente en luchas internas entre un pasado anhelado, un desesperado presente y un futuro incierto y aterrador, pero al que no puede dejar de aferrarse por puro instinto de supervivencia. Finalmente, a pesar de todas estas calamidades, nos ofrece un resquicio de aquello tan natural y humano como es la necesidad innata de la compañía de otros seres que, en cierto modo, permita trascender la propia vida terrenal a través de la transmisión de un modesto legado a una generación venidera. También esconde un poso de tolerancia, de la posibilidad de coexistencia entre especies que se ven entre sí como enemigas, pero en el fondo no tan diferentes.

El panorama desolador del entorno y la soledad y melancolía de un protagonista que contempla impotente cómo se desmorona su vida será otra de las constantes de la historia.
El panorama desolador del entorno y la soledad y melancolía de un protagonista que contempla impotente cómo se desmorona su vida será otra de las constantes de la historia.

Para terminar, cabe mencionar un apartado muy recurrente en otros mundillos, sobre todo el de los videojuegos, como es el de la duración. Si en este último dicha duración adquiere notoriedad como justificación de su compra -un juego con una duración deficiente no amortiza lo gastado en él, y viceversa-, en el mundo del cómic la cuestión es algo más compleja. Son muchos los fans que disfrutan con las sagas largas, cuyas aventuras, dejadas en suspenso en el clímax de la acción para asegurar las ventas del siguiente capítulo o tomo, se prolongan con el transcurso de varios años e incontables tomos. De este modo, los fans más acérrimos estarán satisfechos y para los autores y, sobre todo, la marca distribuidora, supondrá una lucrativa estrategia comercial. Pero esto tiene una contrapartida, la ingente inversión económica que ello supone -a no ser que se recurra al señor Sparrow de internet-. En Solo: Mundo Caníbal no existe ese problema. Originalmente los capítulos de Solo habían sido recopilados en dos álbumes. El primero comprendía cuatro capítulos de unas veinticinco páginas cada uno. El segundo era, por el contrario, algo más asistemático, con dos capítulos de duración similar a los citados, y una aventura final del doble de extensión. Pese a existir dos aventuras posteriores –Solo: Supervivientes del Caos (2008) Solo: Crónicas salvajes (2012)-, la primera es una precuela y la segunda un spin-off.  Esto se debe a que presenta un final cerrado desde su primer tomo, por lo que no obliga al lector a hacerse con los siguientes, si bien no será óbice para que los fans más acérrimos los obtengan para continuar con las aventuras de nuestra antiheroica rata.  En la actualidad, existe una edición que incluye los dos tomos más una sección a color con fichas técnicas que nos describen el Mundo Canibal y las especies y grupos que en él habitan, así como algunos dibujos realizados por fans. Se trata, por lo tanto, de una obra accesible a buena parte de los bolsillos y apta para aquellos que no buscan aventuras eternas.

El apéndice del tomo incluye un adelanto a todo color de lo que veremos en Solo: Supervivientes del Caos, la precuela que narra los orígienes del protagonista.
El apéndice del tomo incluye un adelanto a todo color de lo que veremos en Solo: Supervivientes del Caos, la precuela que narra los orígienes del protagonista.

Por último, y a modo de curiosidad, señalar que inicialmente incluía un CD del grupo Fujiyama Kids -“unos músicos puros, de los de antes, una banda de puro rock, rock del duro”, en palabras del autor-, cosa que desgraciadamente ya no ocurre, al menos cuando adquirí en el tomo que tengo entre manos.