The Legend of Zelda: Breath of the Wild

[Primer Contacto] ‘The Legend of Zelda: Breath of the Wild’

Título: The Legend of Zelda: Breath of the Wild

Plataforma: Switch, Wii U

Desarrolladora:
Nintendo

Publicado por:
Nintendo

Género: Acción-Aventura

Lanzamiento: 03/03/2017

Cualquiera que sepa lo que es un videojuego ya sabrá, a estas alturas, que el nuevo título de la franquicia The Legend of Zelda está en boca de todos por su gran calidad y, en mi opinión, porque no estamos acostumbrados a que un juego de largo desarrollo del que se nos ha enseñado poco y prometido mucho acabe siendo sobresaliente en la mayoría de aspectos.

Puedo contaros en pocas palabras que tanto su banda sonora como su jugabilidad o elementos de exloración le sacan los colores a muchos títulos superventas de la actual generación de consolas o, como poco, les planta cara con fuerza. Tampoco estaría bien pasar por alto sus errores, como un inventario no muy intuitivo o la falta de un acceso directo a las recetas que ya hemos cocinado con éxito (creedme, pasaréis mucho tiempo preparando comida).

Pero demos un paso más. Alejémonos de notas y polémicas sobre futuros contenidos adicionales de pago (o como Nintendo quiera llamarlos). Tratemos el tema de por qué este juego es importante, de por qué creo que dentro de unos años leeremos noticias sobre jugadores que descubren nuevos easter eggs mucho después de que nos hayamos olvidado del juego y reclamemos una segunda parte.

Y, si me lo permitís, voy a hacerlo empezando por una pequeña historia o anécdota, casi de la misma manera que empieza The Legend of Zelda: Breath of the Wild.

The Legend of Zelda: Breath of the Wild

The Legend of Zelda: Breath of the WildEscudriñando los rincones de internet, y tras visionar un programa de televisión sobre sucesos paranormales y temas por lo general tabú, acabé inmerso en artículos sobre la posible vida extraterrestre. Algunos de ellos databan de hace unos años y, curiosamente, y como si de un oráculo se trataran, vaticinaban la reciente noticia de la NASA sobre el sistema solar detectado con múltiples planetas que podrían albergar vida, el llamado TRAPPIST-1. Todos elucubraban sobre las formas de vida que esos planetas tendrían: resistentes a temperaturas extremas, de inteligencia superior a la nuestra o simplemente bacterias primigenias en plena línea de salida hacia la evolución que acogió nuestro planeta hace millones de años. Y, tras varios artículos y comentarios de curiosos como yo que lanzaban conjeturas sobre los peligros de la vida en esos planetas pensé: ¿cómo es que nadie se pregunta sobre el primer contacto? Pero no sobre cómo deberíamos comunicarnos con una posible forma de vida inteligente, ni de cómo deberíamos llevar a cabo una supuesta colonización de dichos planetas. Me refiero a algo más simple y, al mismo tiempo, más complicado. Me refiero a la primera sensación que algo tan nuevo para nosotros, como sería conocer una especie inteligente nueva, causaría a nuestra forma de ver el mundo, de vernos a nosotros mismos. Me refiero, en definitiva, al “primer contacto”.

Esto que, a priori, no tiene nada que ver con los temas que por aquí nos ocupan, es algo que nos envuelve en cada lanzamiento y estreno y que debemos tener muy en cuenta.

Y es que, al igual que el descubrimiento de un nuevo planeta habitable nos causa multitud de sentimientos, como fascinación o miedo a lo desconocido, la primera toma de contacto con un videojuego o con una serie nos hacen sentir igual de fascinados o contrariados. Y es ese primer contacto el que va a marcar el resto de sensaciones, conscientes e inconscientes, que tengamos después.

Como ya os adelantaba en el inicio del artículo quiero hablaros de la nueva sensación del momento, de The Legend of Zelda: Breath of the Wild. Numerosas son las críticas y análisis con notas perfectas que está cosechando. Todos alaban la genialidad de este videojuego y caen rendidos a las bondades que Nintendo ha puesto en nuestras manos con su título de lanzamiento para Switch. Pero, ¿por qué todos nos vemos absorbidos por el mundo que Link tiene ante sí? ¿Qué es lo que hace que hasta los más escépticos caigan rendidos tras jugar unos pocos minutos que se ven convertidos en horas?

No es mi intención realizar un análisis al uso, pues no he explorado todas las opciones que ofrece (de hecho, con más de 60 horas jugadas siempre suelo encontrar nuevas formas de afrontar los retos o un lugar que antes había pasado por alto), y no creo que un maratón de cien horas para desbloquear el resto de secretos e items, que os aseguro no son pocos, me ofreciera una visión clara de lo que esconde el mundo de Hyrule. No, no hace falta nada de eso para llegar a la conclusión de que Zelda: BotW es una experiencia única capaz de encandilar a cualquiera que se atreva a pulsar sobre el texto de “Nueva Partida”.

Retrocedamos unos párrafos a cuando os hablaba sobre extraterrestres y planetas lejanos. El hecho de que unos seres verdes o de que un planeta nuevo exista en algún lugar del universo no es lo que nos causa estupor. Lo que nos deja atónitos, sin saber muy bien cómo reaccionar, es el hecho de que podamos interactuar con ellos, de poder experimentar nosotros mismos la sensación de tener que afrontar algo que nos viene grande pero, que aun así, queremos ver a dónde nos lleva.

The Legend of Zelda: Breath of the WildEs la misma sensación que sentimos al mirar al firmamento en una noche con cielo despejado, al conocer a alguien especial en nuestras vidas… y al mover la cámara en torno a Link para observar los cielos nubosos y las verdes praderas de Hyrule.

Lo primero que sientes al ponerte a los mandos de esta aventura no es que estés en medio de una misión principal que has de cumplir. De hecho, el juego nos “guía” en el inicio hacia las cuatro cosas que nos son indispensables para resolver el asunto que atormenta a este mundo y, una vez hemos pasado por este trámite, se nos pide que les ayudemos. Repito, se nos pide. Y es aquí donde se encuentra el mayor encanto de este juego: nada ni nadie nos exige que sigamos unas instrucciones, un camino que nos lleva de un punto de control a otro. En cuanto superamos el primer trámite con este mundo tenemos total libertad para hacer lo que queramos. Uno no piensa: vaya, tengo que ir a salvar a la princesa. No, lo que uno piensa mientras juega es: vaya, esas piedras a lo lejos se ven demasiado sospechosas, iré a mirar aunque me lleve media hora llegar allí. Es esta sensación de libertad no reglada la que nos invade en todo momento, una sensación primigenia que creía ya olvidada, enterrada por cientos de horas en multitud de videojuegos distintos a cuyas historias ensambladas en línea ya me había acostumbrado.

Estoy seguro de que si esta sensación se nos presentara más avanzada la partida todo sería distinto, ya no tendríamos la impresión de estar ante un mundo abierto, libre de guiones hollywodienses. El hecho de que desde el primer momento nos encontremos ante la inmensidad del mundo nos recuerda que, aunque ahora no lo veamos, hay cosas nuevas y maravillosas en el horizonte, cosas aterradoras que deberemos afrontar como queramos o, al menos, como podamos.

En definitiva el primer contacto con The Legend of Zelda: Breath of the Wild nos hace sentir atónitos, embriagados, como si de repente el universo conocido se expandiera drásticamente ante nosotros y, por una razón que aún desconocemos, tenemos que afrontar esta nueva realidad improvisando sobre la marcha, uniendo las piezas de un puzzle que parece no tener fin.